Cananeia

Nada mejor para entrar en materia que viajar en bus durante 3 horas y 15 minutos (aunque haya sido un bus climatizado) saliendo de Sao Paulo hacia Registro, y luego hacer una conexión con un bus mucho más rústico en dirección Cananéia. Luego de 5 horas de trayecto, la llegada a una gran plaza a las afueras de la ciudad, desprovista de árboles y bajo un calor infernal nos tomó por sorpresa. Especialmente cuando quisimos orientarnos sin más información que el nombre de la pousada donde nos esperaban. Felizmente, no tuvimos que caminar demasiado para encontrar nuestro nuevo refugio de las siguientes cuatro noches.

Entramos inmediatamente en el ambiente : Cananéia será el descanso después del estrés de la gran ciudad. Aquí podremos relajarnos, pasear con la cámara de fotos colgada al cuello y olvidar la vigilancia permanente de la mochila. El pueblo nos conquista de inmediato con sus fachadas coloniales desgastadas, su placita llena de vida y sus árboles imponentes. Uno se acostumbra facilemente al calor con la ayuda de algunas cervezas frescas y de jugos diversos (El de piña es el preferido de Mathias) También se come muy bien, pero nos damos cuenta muy rápidamente que comer en restaurante puede resultar muy caro (aquí todo es relativamente costoso) y tenemos que empezar, apenas comenzando el viaje, a vigilar el presupuesto si queremos llegar al final de nuestro proyecto.

«Para conocer un pueblo, hay que conocer primero su folklore» puede leerse en un mural de la calle de los artesanos. Cananeia es, ante todo, un pueblo volcado hacia el mar. Una isla, cierto, pero cercada de tierra detrás de Ilha Comprida, entonces relativamente protegida del embate de los vientos y sobreodo del mar. No es sorprendente aprender que, desde el descubrimiento del Nuevo Continente, ella fue un puerto con una actividad muy dinámica, tanto en lo referente al comercio como a la pesca, sin olvidar las luchas libradas para obtener el control del puerto. La isla vive hoy principalemente de la pesca y del turismo, aunque éste es moderado y más dirigido hacia su hermana mayor Ilha Comprida.

La naturaleza es ominipresente, es un hecho : los árboles son hermosos, los pájaros coloridos, las orquideas y las bromelias colonizan los cables eléctricos y las fachadas de las casas. Pero no es nada en comparación con su vecina Ilha do Cardoso, declarada parque nacional, entonces protegida. Cubierta de una selva tropical al borde del mar (Mata Atlántica) y de un manglar. ¡Tuvimos la suerte de cruzarnos en el camino de algunos delfines, que vinieron a saludar nuestra barca!¡Qué emoción! Pudimos incluso verlos a menos de 10 metros de nosotros, no sin cierta aprensión, durante el último chapuzón que nos dimos Mathias y yo. También tuvimos el placer de observar una multitud de cangrejos de manglar y de pájaros. Nos hubiera gustado profundizar nuestra visita de la isla, incluso hacer un poco de senderismo pero desfortunadamente no fue posible, pues nos esperaban en Curitiba. Para ello, tendremos que volver.

Al frente de Cananéia se encuentra la Ilha Comprida. Se llega en ferri en 20 minutos en promedio, gratis para peatones y ciclistas. Cuando preguntamos en Cananéia, cuáles eran los medios de transporte que podríamos encontrar del otro lado, nadie supo respondernos, la única información es que, en el peor de los casos, tendríamos que caminar 3 /4 kilómetros hasta llegar a las playas oceánicas. Estábamos un poco perdidos por la falta de información, y no teníamos muchas ganas de de caminar en pleno sol, al borde de una carretera empolvada y frecuentada por bólidos incontrolables, algunos alcoholizados. Menos mal que llegando al otro lado nos dimos cuenta que la cosa era más fácil de lo que nos esperábamos : tomamos simplemente un bus del desembarcadero, del lado oeste, hasta las playas al este. Una vez allí, nos dimos cuenta que la playa no era la más atractiva : digamos bella a primera vista pero sus aguas invadidas de desechos y los turistas poco respectuosos del lugar no dejan lugar a dudas: ésta no será la playa de nuestros sueños. Encontramos, a pesar de todo, de qué alimentar nuestra imaginación caminando a lo largo del litoral. Recoltamos algunas bellas imágenes, uno que otro esqueleto de estrellas de mar y, por mi parte, unas buenas quemaduras de sol.

Nuestro último día será más tranquilo, resguardados a la sombra para cuidar mi pobre piel marchita. Durante la visita del pequeño museo de la ciudad, conocimos las historia del más grande tiburón blanco pescado en Brasil, en la costa de Cananéia. Un animalito de 5 metros de largo y 3,5 toneladas en cuyo vientre fueron encontrados restos de peces, una tortuga y hasta y una bota! Terrorífico ! Pero menos que el trabajo del taxidermista.


Así se termina nuestra estadía en Cananéia. Cinco días ya han pasado y el resto de nuestro viaje se vislumbra. Etapa muy agradable y vigorizante. Disfrutamos mucho del aplacible ritmo de vida de esta pequeña ciudad. Nos disponemos ahora a tomar de nuevo el bus para Registro, próxima etapa : Curitiba !

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