Morretes

Así pues que salimos en tren de Curitiba hacia Morretes, unas cuatro horas de trayecto en medio de la montaña. A modo de comparación, en bus es poco más de una hora y media de trayecto, así que este tren no tiene hoy más que una vocación turística que pretende mantener vivo el patrimonio cultural simbólico de una época remota. En Francia, conocemos bien el transporte en tren pero hay que admitir que el trazado de éste es poco banal, atravesando la montaña y con algunas obras de infraestructura diseminadas en el lugar. Es fácil imaginar lo titanezco que fue la construcción de esta obra hace 150 años. Los paisajes que atravesamos parecen más bellos puestos en perspectiva de esta manera.

Una vez en Morretes, tenemos calor, mucho calor. Una pequeña pausa bajo los inmensos árboles de la pequeña plaza principal al borde del río, resulta bien agradable. El pueblo es muy acogedor, sobretodo cuando se libera de todos los turistas que trae el tren y que regresan a las tres de la tarde por este mismo medio de transporte. En el pueblo hay varias placitas, generalmente con sombra, que recorremos plácidos y tranquilos. El río, incluso nos refrescará.

En el camino que nos conduce a nuestra cabaña, el taxista evoca una extraña historia de avión en el patio de una casa y efectivamente alcanzamos a observar su cola detrás de un inmenso portón. Muy raro… Seguimos nuestro camino y descubrimos maravillados nuestro pequeño refugio por las seis noches a venir, bajo el lecho vegetal de la Mata Atlántica. Bastante rústico, pero un pequeño paraíso para nosotros : Sólo teníamos que abrir la puerta para acceder a un lindo sendero que se adentra en la selva. Con lo que no contábamos era con los tres días de lluvia que nos caerían encima y que limitaron un poco nuestros desplazamientos. Pero fue finalmente « una verdadera aventura » como diría Mathias, con cortes de electricidad (actividades escolares y juegos de mesa con lámpara frontal), truenos y lluvias torrenciales (Ana apreció menos « la aventura ») * Nota de la traductora (NDT): Efectivamente!

Menos mal la Pachamama nos obsequió algunas horas de calma entre la tempestad que nos permitieron disfrutar del lugar. Incluso pudimos visitar los pueblos vecinos que, aunque no tienen gran atractivo turístico, nos sorprendieron con algunas cosas insólitas. En Paranaguá, un viejo pueblo colonial de fachadas descoloridas, descubrimos sus monumentos un poco kitchs en honor a los cangrejos, muy consumidos en la región, también vimos caballos paseándose tranquilamente en las calles, visiblemente abandonados a su suerte.

Recibimos la visita de un viejo amigo de Ana que vive a 2 horas de allí! Él descubre por casualidad, nuestro mensaje a penas dos días antes de nuestra llegada (enviado algunos meses antes) Sabíamos que vivía en Brasil, pero no teníamos idea en qué lugar exactamente. Qué sorpresa tan grande la que nos llevamos al descubrir que, a pesar de estar en un lugar remoto de Brasil, él vivía justo al lado! (El país es relativamente grande, les recuerdo 🙂 ). El reencuentro (NDT : después de unos 10 años sin vernos) fue muy emotivo, así pudimos pasearnos juntos en Antonina, un pueblo también estancado en el tiempo. La ventaja de este tipo de poblados es que siempre podremos encontrar un lugar con una buena cocina tradicional a precios razonables. También fue un momento perfecto para que Mathias se entrenara como fotógrafo, el lugar se prestaba bien para ello.

Volvamos a esta historia de avión «perdido » en el patio de una casa. «Perdido» pues es bien de eso de lo que se trata. Volviendo de Antonina con Julio y Katia, pasamos de nuevo delante del famoso portón. Como la cerca de la casa no dejaba ver más que la parte superior de la cola de un aparato visiblemente reciente, tratamos de que nos invitaran al interior de la propiedad. Al principio el hombre que abre el portón nos invita a volver en diciembre cuando se hará la apertura oficial del proyecto, pues por el momento, dice él, no está abierto al público. Pero al escuchar el acento colombiano de Julio cambia completamente de actitud y nos abre las puertas de su jardín secreto (Estabamos frente a un enamorado de Colombia, pues había vivido allí algún tiempo) Finalmente entramos impresionados bajo la visión de un Airbus A318, que nos parece que hubiese tenido que hacer un aterrizaje de emergencia al borde del río. Visión muy peculiar de un aparato reformado, en el patio de una pareja de particulares, para un negocio que aún permanece secreto. Si quieren obtener más información, pueden buscar « hangar morretes » en Internet.

Luis, nuestro anfitrión español que vive en Morretes desde hace 25 años, también es guía y conoce perfectamente la selva. Con él, nos embarcamos en su vieja caminoneta Volkswagen para un paseo por fuera de senderos establecidos. Un pequeño paréntesis para decir que en Brasil se ven muchos carros escarabajos y camionetas Volkswagen. La de Luis, no es precisamente un vehículo muy seguro que digamos. Por lo que vimos, no tiene muy buen sistema de frenos y él dirije el volante como el timón de un velero. Siento el piso, moverse con cada asperidad de la ruta, la cual puedo ver a través del tapete en el suelo. Muy naturalmente abroché mi cinturón de seguridad (con un interés muy relativo, creo) para descubrir más tarde que del lado de Ana y Mathias ni siquiera había cinturón. Para ser honesto, tengo que decir que Ana tenía algunas retiencias frente a la idea de hacer esta caminata, sobretodo porque para llegar al punto de partida teníamos que montarnos en el carro de nuestro anfitrión. Pero Luis es una persona tan buena y simpática que nos generó confianza : iremos despacio (él mismo estaba sorprendido por lo que nos estaba proponiendo) Aventura total. Mathias en el séptimo cielo y yo mentiría si digo que no era igual para mí. Una vez armados con proteciones en las piernas en caso de un posible encuentro con una serpiente, salimos en búsqueda de miquitos y otros habitantes silvestres. También hay jaguares aquí, pero son demasiado tímidos como para guardar la esperanza de verles aunque sea la punta de la cola. Qué extraña sensación la de avanzar en medio de árboles inmensos sin ningún punto de referencia para orientarse. Atravesamos riachuelos, nuestros pies resbalan en las piedras, se mojan, a veces. Los ruidos de la selva nos hipnotizan. Nos paramos regularmente para contemplar, y tratar de ver a quienes nos observan. La selva tiene ojos que nosotros no podemos ver. Más que opresante, es una sensación extraña la de estar en un lugar en el que nos sentimos extranjeros. Todos nuestros sentidos despiertos, estamos vivos carajo !

Nuestra estadia en Morretes se acaba con esta experiencia única. Apreciamos realmente haber vivido esos seis días en otra dimensión temporal en nuestra pequeña cabana. Cada paso en nuestro «jardín » nos llevaba a descubrir una araña extraña, un lagarto, luciérnagas, pájaros. También pudimos observar un nido de colibrís habitado, colonias de hormigas, insectos tan extraños como variados. Una verdadera « clase de ciencias naturales » en un medio ambiente estimulante y tranquilo, perfecto para descansar también. Próxima parada, dirección Matinhos !

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